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Para Hannah Arendt la educación debía ser conservadora y era imperativo restaurar la autoridad del maestro

Para Hannah Arendt la educación debía ser conservadora y era imperativo restaurar la autoridad del maestro

En un artículo de 1960, pero que bien podría hablar de la Argentina de hoy, la célebre pensadora apuntó contra la plaga del pedagogismo, denunció la renuncia de los adultos a introducir a los niños al mundo y demolió la idea de que se aprende jugando

 

La crisis de la educación es un artículo medular y anticipatorio, ya que en él Hannah Arendt apunta a todas las innovaciones que una pedagogía, realimentada por la psicología moderna, introdujo en la escuela, enfocándose en aspectos formales y relacionales y olvidando que el rol principal y la razón de ser de esa institución es transmitir conocimientos.

La teórica alemana, nacionalizada estadounidense, escribe este artículo en los Estados Unidos y a partir de la observación de la sociedad y la escuela norteamericanas, pero el grueso de las nuevas teorías pedagógicas que se estaban gestando en ese país se exportaron luego a Europa y desde allí hacia América Latina, por lo que su reflexión vale para casi todas las políticas educativas occidentales del último medio siglo por lo menos.

Arendt, que también fue maestra superior y profesora universitaria, demolió en ese trabajo el democratismo en la escuela y sostuvo que la educación debía ser por esencia conservadora, porque su misión es transmitir al niño un pasado, una tradición. Ella atribuye la licuación de la autoridad docente al papel que “el concepto de igualdad juega y ha jugado siempre en la vida americana”, por el cual una división “de los muchachos en dotados y no dotados se considerarla intolerable”.

Podríamos acotar que esto no vale para el deporte, por ejemplo, disciplina en la cual se fomenta la competencia, el esfuerzo y la disciplina, y a nadie se le ocurre que si alguien pierde un torneo o sale segundo en una competencia es porque se lo está discriminando. Sin embargo eso es exactamente lo que se pretende aplicar en las escuelas, en las que el derecho a la educación se ha convertido en el derecho a ingresar, transitar y egresar del sistema, se aprenda o no.

Desde la perspectiva que expone y cuestiona Arendt en su artículo, “la meritocracia, no menos que cualquier otra oligarquía, contradice el principio de la igualdad, de una democracia igualitaria”. Esa “disposición política del país’’, agrega en referencia a EEUU, es lo que lleva a luchar “por igualar o borrar hasta donde sea posible las diferencias entre jóvenes y viejos, entre dotados y no dotados, y por fin entre niños y adultos, especialmente entre alumnos y maestros”. Y concluye: “Es obvio que semejante igualación sólo se podrá cumplir a costa de la autoridad del maestro y a expensas de los más dotados de entre los estudiantes”.

Arendt expone las consecuencias de la abolición de la jerarquía y de la licuación de la autoridad: “El niño, liberado de la autoridad de los adultos, no es un individuo sin Dieu ni Maitre [N. de la R: Arendt escribe en francés la divisa anarquista -’Ni Dios ni amo’- porque en ese idioma ‘maître’ significa “amo” y también “maestro”]. Está librado a la autoridad intimidante y tiránica de sus pares [que] es siempre bastante más fuerte y más tiránica que la autoridad individual más severa que pueda haber”.

(.FOTO NA: DIEGO DI CARLO)

 

El artículo también apunta contra otra plaga de la educación, a la que en este mismo medio me he referido muchas veces, que es el pedagogismo, la primacía del cómo, de los modos, de las formas, sobre el contenido, de la didáctica sobre los conocimientos. De la “contención” por encima de la enseñanza.

En este sentido, Arendt dispara contra el rol preponderante que, “bajo la influencia de la psicología moderna”, ha adquirido la pedagogía. Ésta, dice, “ha evolucionado hacia una ciencia de la enseñanza en general, de tal manera que se ha liberado por completo de las materias que en realidad se vayan a enseñar”.

“Un profesor -escribe-, se pensaba, es simplemente una persona capaz de enseñar alguna cosa; su formación estaba en el propio enseñar, no en el dominio de algún tema en particular”. Esta concepción, señala Arendt, “ha tenido como resultado, en las últimas décadas, el más grave descuido en la formación de los profesores en sus propias disciplinas”.

Y basta repasar los programas de los Institutos de formación docente de nuestro país para ver hasta qué punto la parte metodológica ocupa cada vez más espacio en los programas en detrimento de la materia que el futuro profesor deberá enseñar.

El pedagogismo “deja a los estudiantes abandonados a sus propios recursos, además ya no es efectiva la fuente más legítima de la autoridad del profesor” que emana de su dominio de la materia a enseñar

“Puesto que el profesor no necesita conocer su propia materia, no es infrecuente que sepa poco más que sus alumnos”, sentencia la autora de Los orígenes del totalitarismo.

Todo parecido con nuestra realidad, no es en absoluto casual. Esta deficiencia en la formación docente significa, sigue diciendo Arendt, “no sólo que de hecho se deja a los estudiantes abandonados a sus propios recursos, sino, además, que ya no es efectiva lo que era la fuente más legítima de la autoridad del profesor, en cuanto persona que, por muchas vueltas que le demos, sigue sabiendo más y haciéndolo mejor que uno”.

El hecho de que “la pedagogía y las escuelas de profesorado estén jugando este papel pernicioso en la presente crisis, sólo ha sido posible a causa de una teoría moderna acerca del aprendizaje”, dice Arendt, apuntando contra el pragmatismo, “ese supuesto básico (que) consiste en que uno sólo puede conocer y entender lo que uno mismo ha hecho, y su aplicación a la educación es tan elemental corno obvia: sustituir, hasta donde sea posible, el aprender por el hacer”.

Pensemos en la absurda pretensión de muchos pedagogos de que el niño aprenda solo, el ridículo postulado de que el maestro es apenas un guía cuando no un obstáculo para que el pequeño genio salga de su lámpara y descubra por sí solo lo que a la humanidad le ha tomado siglos aprender, sistematizar y transmitir de generación en generación.

La versión vernácula de este despropósito la expresa muy bien el ministro de Educación nacional, Jaime Perczyk, que no se cansa de repetir cosas tales como que “la educación tradicional dice que los profesores sabemos algo que los chicos no saben…” o, mejor aun, que “existe una idea educativa predominante y es que las y los (sic) estudiantes no saben, y uno tiene que transmitirles un conocimiento de origen cultural”. Qué idea tan loca… pensar que los docentes saben algo que deben transmitir a los estudiantes.

La teoría moderna del aprendizaje traduce “la intención consciente” de que no se trata de “enseñar un saber, sino inculcar una destreza” (hoy se dice “habilidades”…)

Esta concepción del rol docente, dice Arendt, traduce “la intención consciente” de que no se trata de “enseñar un saber, sino inculcar una destreza”. Y pensemos en que nuestros pedagogistas locales repiten como un mantra que hay que enseñar “habilidades”…

Esta concepción, agrega, pudo tener éxito “cuando se trataba de enseñar a conducir o a escribir a máquina, [o] a llevarse bien con los demás y a ser popular”, en cambio no lo tuvo cuando se trató “de hacer que los muchachos aprendieran los conocimientos normales de un curriculum medio.”

A Hannah Arendt no se le pasa por alto otro lugar común de moda: el mito tan simpático del “aprender jugando”. En el mismo sentido y con la misma finalidad, partiendo de la idea de que el juego es “la manera más apropiada y viva de comportarse el niño en el mundo”, dice Arendt, “se concedió especial importancia a borrar en lo posible la distinción entre trabajo y juego, en favor de éste”.

“Se concedió especial importancia a borrar en lo posible la distinción entre trabajo y juego, en favor de éste”, dice Hannah Arendt

 

Pero para Arendt, este procedimiento de mantener deliberadamente al niño en el nivel infantil “es artificial porque rompe con la relación natural entre adulto y niños, que consiste, entre otras cosas, en enseñar y aprender”, y al mismo tiempo contradice “el hecho de que el niño es un ser humano en pleno desarrollo” y que la infancia es “un estadio temporal, una preparación para la edad adulta”.

Arendt postula en consecuencia la necesidad de “una restauración” de la enseñanza, que debe volver a ser dirigida “con autoridad”. “Habrá que terminar con el juego en las horas escolares, y una vez más ocuparse en trabajos serios; el énfasis pasará de las actividades extracurriculares a los conocimientos prescritos por el currículum” y, en cuanto a la formación docente, “transformar los actuales currícula para profesores, de modo que ellos mismos tendrán que aprender algo antes de que se los vuelva a dejar con los muchachos”.

La competencia del profesor consiste en su conocimiento del mundo y en su capacidad de transmitir este conocimiento a los demás. Arendt destaca que el docente tiene una “responsabilidad” para con ese mundo: “De cara al muchacho es como si él fuera un representante de todos los habitantes adultos que le señalara cada cosa y le dijera al muchacho: éste es nuestro mundo”.

La autoridad ha sido abolida por los adultos y esto solo puede significar una cosa: que los adultos se niegan a asumir la responsabilidad del mundo en que han colocado a sus hijos

Eso es lo que los pedagogos de hoy le piden al docente que renuncie a hacer. Él no es el dueño del saber. Y así privan al niño del derecho a adueñarse de la herencia cultural de la humanidad.

Irónica, Arendt predice que con la restauración de la educación, los chicos ya no podrán “rechazar la autoridad de los educadores como si se encontrasen bajo la opresión de una mayoría compuesta por adultos, aun cuando los métodos modernos de educación han intentado, en efecto, poner en práctica ese absurdo que consiste en considerar a los muchachos una minoría que tiene necesidad de liberarse”

“La autoridad ha sido abolida por los adultos -denuncia Arendt- y esto solo puede significar una cosa: que los adultos se niegan a asumir la responsabilidad del mundo en que han colocado a sus hijos”.

“El conservadurismo, en el sentido de conservación, está en la esencia de la educación, cuya labor es siempre cuidar y proteger”, sentencia. Pero esta actitud conservadora, aclara, “vale sólo en el ámbito de la educación, o más bien para las relaciones entre adultos y niños, y no en el ámbito de la política, en el que nos movemos entre y con adultos y entre y con iguales”.

La crisis de la autoridad en la educación va muy estrechamente ligada a la crisis de la tradición, es decir, a la crisis que hay en nuestra actitud hacia el pasado

Y para aclarar su concepto de conservadurismo en educación, aclara: “En la práctica, la primera consecuencia de esto serla comprender claramente que la función de la escuela es enseñar a los muchachos cómo es el mundo y no instruirlos en el arte de vivir. Dado que el mundo es viejo, siempre más viejo que ellos, el aprendizaje se vuelve inevitablemente hacia el pasado, sin importar cuánta vida se emplee en el presente”.

 

 

Y señala que “la verdadera dificultad de la educación moderna estriba en el hecho de (que) incluso ese mínimo de conservación y de actitud conservadora, sin lo cual la educación sencillamente no es posible, es en nuestro tiempo sumamente difícil de conseguir”.

La explicación, según ella, radica en que “la crisis de la autoridad en la educación va muy estrechamente ligada a la crisis de la tradición, es decir, a la crisis que hay en nuestra actitud hacia el pasado”.

Pensemos en todos los lugares comunes en los que incurren nuestros pedagogos, seguidos además por los políticos a los que la demagogia siempre tienta, acerca de que tenemos una escuela tradicional que no se adapta a los cambios, que no se prepara a los niños para el siglo XXI y que lo más importante es enseñarles informática y darles una computadora. El resultado es que salen de la escuela sin entender lo que leen. No hablemos de matemáticas o ciencia ni mucho menos de cultura general, que no es ni más ni menos que conocer el acervo cultural de la humanidad.

La educación también está donde decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos a merced de sus propios recursos

“La educación es el lugar en que decidirnos si amarnos al mundo lo bastante como para asumir su responsabilidad -dice Arendt, en un párrafo imperdible-. Y la educación también está donde decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos a merced de sus propios recursos, para no arrebatarles su oportunidad de emprender algo nuevo, algo que no hemos previsto, sino prepararlos con antelación para la tarea de renovar un mundo común.”

El artículo de Hannah Arendt arroja una luz cruel sobre las consecuencias del crimen de haber eliminado la disciplina en la escuela, tarea que en nuestro país inició el alfonsinismo y prácticamente no tuvo pausa desde entonces y ahora ha llegado al paroxismo con el desconocimiento por parte de las autoridades de la idoneidad del maestro para calificar.

“Emancipándole de la autoridad del adulto, no se ha liberado al muchacho, sino que se le ha sometido a una autoridad mucho más terrorífica y verdaderamente tiránica: la tiranía de la mayoría”, dice Hannah Arendt. “El adolescente quiere la aprobación de sus pares que tienen el poder de avergonzarlo”, recuerda.

Esta es la razón por la cual las escuelas se muestran incapaces de frenar el bullying, del que tanto se habla sin encontrar soluciones efectivas.

Los responsables de nuestra política educativa se niegan a ver que todas las innovaciones que han aplicado en los últimos 50 años -flexibilización de la disciplina, de las condiciones de promoción, de los exámenes, supresión de las calificaciones, etc- no han redundado en mejora de la calidad educativa. La obligatoriedad del secundario implicó una mayor degradación de los contenidos y resultados de ese nivel. Ninguna de las reformas presuntamente modernas ha ayudado a los niños y adolescentes de este país; por el contrario. Si antes un alumno de primaria en Argentina aprendía a leer y escribir en 6 meses, hoy alegan que necesita dos años, para ocultar lo que en realidad es un fracaso pedagógico.

Que un porcentaje escandaloso de estudiantes egresa del secundario sin comprender lo que lee también es un resultado de este pedagogismo. Pero eso no impide que hoy se fantasee con una nueva escuela secundaria, como ya lo adelantó el Ministro de Educación cuando postuló la necesidad de “una escuela que genere interés en los pibes, que ellos mismos generen proyectos, donde estén más tiempo, donde puedan construir sus proyectos de vida pero no sólo los educativos”. Y anunció que están discutiendo “cuánto se pueden ´adelgazar´ algunos conocimientos generales”.

Parafraseando a Arendt, las autoridades educativas de este país no aman lo suficiente a los niños de este país y han decidido seguir expulsándolos del mundo.

 

Fuente: Infobae

 

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